
CAPITULO I
El atardecer y sus anaranjados colores en distintas tonalidades cubrían el cielo por un corto lapso de tiempo para dar paso al oscuro velo de la noche que adornaría con luz de luna llena, con su brillo plateado, seguida de pequeños luceros que secundaban su belleza. Pero antes de que comenzara tan precioso acto. La alargada sombra de un corcel llegó a tocar los pies de un solitario joven en aquella feria. El era alto, seguro pasaba el metro ochenta y a pesar de su gran estatura no lucia grande de edad. Probablemente tenía unos diecinueve años, a lo mucho veinte. Su cabello era oscuro, corto. Sus ojos negros serenos, llegando a parecer transmitir tristeza. Su tez blanca, casi pálida, pareciera tener siempre frió. Delgado pero sin llegar a lucir débil. Caminaba sin rumbo entre el mar inmenso de gente en la feria, todos ellos acompañados, pareciera ser el único que se encontraba solo. Llego al carrusel y se postró serio frente a el. Se puso a observar cuidadosamente a las personas que disfrutaban de aquella sosa atracción: Niñas…niños…y una pareja adulta. De pronto, cuando el carrusel parecía haber dado la vuelta entera, sobre un caballo blanco con adornos en tonalidades azules se encontraba esta joven: Reía alegre cual niña, pero ya pasaba los quince años de edad, su cuerpo maduro con alguna que otra buena curva, su cabello rizado color castaño claro, un poco largo. Sus ojos no podían ser apreciados desde donde se encontraba el joven. Traía puesto un corto vestido, poco más arriba de sus rodillas, color coral que resaltaba su clara tez.
El juego se detuvo y la gente comenzaba a bajar, pero no ella, y sintiéndose totalmente atraído por ella, el joven opto por pasar aquella vergüenza de subirse a la infantil atracción para montar un corcel, siendo precisos el que se encontraba al lado del de la joven. El encargado jalo una palanca y el juego se acciono para que los caballos corrieran en círculos, subiendo y bajando en su mismo sitio. Mientras el carrusel andaba, sonaba de fondo una fastidiosa melodía pero totalmente perdido con su mente inundada de pensamientos y un montón de posibilidades de cómo podría saber más de ella ignoraba aquella molesta musiquita, mas, de pronto un canto, una dulce voz con una extraña sombra de ternura en su esencia llego a sus oídos, despejando sus ideas, dándose cuenta que se trataba de la misma muchacha por la que estaba, el, ahí. Resulto que la torpe melodía acompañada de su suave voz en forma de canto componían una hermosa canción.
Entonces el juego se detuvo y con este la joven bajo desde su corcel tropezándose con una de las laminas de la atracción de esas que adornan la rotonda del carrusel. Perdiendo el equilibrio por un instante. Para esto el joven ya había bajado de su corcel y sujeto a la muchacha entre sus brazos por la espalda, deteniendo su caída.
- Debería de tener una porción más de cuidado – Murmuró frío.
- G-Gracias – Menciono la menor, con su suave voz - ¿Cómo agradecer su ayuda?
Se levanto entonces ella, por si misma, separándose de los brazos ajenos volteando a darle el frente. Mirando curiosa sus oscuros ojos. Notando su frialdad. Entonces el pudo apreciar los ojos de la joven, estos color miel, poseedores de un brillo lleno de ilusiones. Después de admirarla unos breves segundos, sus labios se separaron apenas, para emitir su voz.
- ¿Qué te parece dejándome invitarte un algodón de azúcar?
- ¡Pero! .Replico ella con su aguda voz enternecida. El le puso su dedo índice sobre sus labios. Callándola, notando enseguida como sus mejillas comenzaban a sonrosarse y le miraba un tanto sorprendida por su atrevimiento a los ojos.
- Me debes algo y ya te dije como pagarlo – Susurró acortando la distancia, luego picándole una de sus coloradas mejillas, para caminar hacia la salida e ir en dirección al puesto de algodones de azúcar.
Mientras la joven había quedado un par de segundos en el mismo lugar que se encontraba desde antes, luego correr en busca del joven alcanzándole y bajar la velocidad para caminar a la par, a su lado, mirándole mientras lo hacían. Regalándole ella una amplia sonrisa.
El la observaba a ojos entrecerrados y después de un rato mirándole de forma seria sonrió débil para ella, las sonrisas no eran su fuerte, pero lo hacia por la ternura que le daba de solo mirarla.
- Buenas noches- Interrumpió el silencio el encargado del puesto.
- Déme un algodón de azúcar – Pidió frió.
- ¡Rosa!...por favor -Agrego la niña con algo de modales, cosa que le pareció gracioso al joven, intentando no soltar una carcajada. Ella tomo alegre el algodón mirándolo encantada.
- Mientras el joven sacaba de su pantalón y pagaba al señor – Aquí tiene.
- Gracias, buenas noches. – Murmuro la joven regalándole también una sonrisa al señor para dar media vuelta y marcharse en dirección a una banca con el joven.
El sentándose a su lado la contemplaba, deseoso de saber todo de ella, viendo como se relamía los labios antes de pellizcar el algodón y jalar un pedacito de este a su boca, luego cerrando sus ojos y suspirando, imaginándose, el, que era por gusto al dulce. Le extendió, ella, la mano con un pisquito del mismo, ofreciéndole y el negando enseguida.
- Dime, ¿Cómo te llamas? – pregunto el frotando sus manos, una contra la otra por el frió que sentía.
- Natalie…Natalie. –Murmuro en un tono bajo de voz, para luego, repetir un poco más alto.
- Víctor…-Soltó a secas sin esperar a que preguntara puesto que es obvio que tendría que presentarse después de ella.
Entonces ella suspiro su nombre, repitiéndolo y su aliento al salir de sus labios podía verse. Se trataba de una helada noche. Comenzó a acariciar su brazo izquierdo con la mano del derecho. Luego escuchándose el abrir de un cierre, ni mas ni menos que la chamarra del friolento joven. Pero ella tenía puesto un vestido bastante ligero, incapaz de cubrirle del aire congelado que soplaba contra sus cuerpos. El le acomodo la chamarra encima. Luego optando por ponérsela bien, así cubriría mejor. Riendo al ver que le quedaba grande. Ella se dejo hacer a ojos entrecerrados notando como el quedaba solo en una playera ligera de mangas largas pero al fin y al cabo, delgada.
Observando como estaba al borde de que Víctor comenzara a temblar, sintiendo pena y desabrochándose la chamarra, el, ante esto poso sus frías manos sobre las de ella que al contrario eran calidas y pequeñas, bastante delicadas. Prohibiéndole que se la quitara y ella resignándose bajaría la mirada.
- Perdón – susurro con una voz quebrada.
- No entiendo…
- Por ser una carga, perdón – Explico Natalie apenada con la mirada aun baja entonces el con una de sus manos, la menos fría, le levanto el rostro, tomándola del mentón. Obligándole a verle a los ojos.
- No lo eres… -Susurraba por la corta distancia.
- Pero – Intentaba interrumpir.
- No lo eres, ¿Me has escuchado?...Natalie…- Luchaba por unir las palabras de modo coherente puesto que lo que estaba por decir, jamás había tenido que decirlo antes. Nunca le había ocurrido algo así – Yo no te conozco ya te echaba de menos, cada tarde, cuando el sol se pone, he de venir a este lugar solo para verte.
En los ojos de Natalie se podía ver un brillo que emergía sonrosándose sus mejillas, sonriendo, con sus labios temblando sin saber que decir. Le toma la cara con sus pequeñas manos, se vuelve valiente y le besa los labios cerrando con fuerza sus ojos y al cabo de unos eternos segundos se separo de sus labios quedando a unos centímetros de el, abriendo sus ojos para mirar los ajenos.
Aguardo el unos segundos y tomándole del rostro, ladeando su cara y en cuanto acortaba la distancia cerraba los ojos, como ella hacia también, acaricio sus labios con los propios en un tierno beso.
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