martes, 13 de septiembre de 2011

Algodón rosa de azúcar


CAPITULO I

El atardecer y sus anaranjados colores en distintas tonalidades cubrían el cielo por un corto lapso de tiempo para dar paso al oscuro velo de la noche que adornaría con luz de luna llena, con su brillo plateado, seguida de pequeños luceros que secundaban su belleza. Pero antes de que comenzara tan precioso acto. La alargada sombra de un corcel llegó a tocar los pies de un solitario joven en aquella feria. El era alto, seguro pasaba el metro ochenta y a pesar de su gran estatura no lucia grande de edad. Probablemente tenía unos diecinueve años, a lo mucho veinte. Su cabello era oscuro, corto. Sus ojos negros serenos, llegando a parecer transmitir tristeza. Su tez blanca, casi pálida, pareciera tener siempre frió. Delgado pero sin llegar a lucir débil. Caminaba sin rumbo entre el mar inmenso de gente en la feria, todos ellos acompañados, pareciera ser el único que se encontraba solo. Llego al carrusel y se postró serio frente a el. Se puso a observar cuidadosamente a las personas que disfrutaban de aquella sosa atracción: Niñas…niños…y una pareja adulta. De pronto, cuando el carrusel parecía haber dado la vuelta entera, sobre un caballo blanco con adornos en tonalidades azules se encontraba esta joven: Reía alegre cual niña, pero ya pasaba los quince años de edad, su cuerpo maduro con alguna que otra buena curva, su cabello rizado color castaño claro, un poco largo. Sus ojos no podían ser apreciados desde donde se encontraba el joven. Traía puesto un corto vestido, poco más arriba de sus rodillas, color coral que resaltaba su clara tez.

El juego se detuvo y la gente comenzaba a bajar, pero no ella, y sintiéndose totalmente atraído por ella, el joven opto por pasar aquella vergüenza de subirse a la infantil atracción para montar un corcel, siendo precisos el que se encontraba al lado del de la joven. El encargado jalo una palanca y el juego se acciono para que los caballos corrieran en círculos, subiendo y bajando en su mismo sitio. Mientras el carrusel andaba, sonaba de fondo una fastidiosa melodía pero totalmente perdido con su mente inundada de pensamientos y un montón de posibilidades de cómo podría saber más de ella ignoraba aquella molesta musiquita, mas, de pronto un canto, una dulce voz con una extraña sombra de ternura en su esencia llego a sus oídos, despejando sus ideas, dándose cuenta que se trataba de la misma muchacha por la que estaba, el, ahí. Resulto que la torpe melodía acompañada de su suave voz en forma de canto componían una hermosa canción.

Entonces el juego se detuvo y con este la joven bajo desde su corcel tropezándose con una de las laminas de la atracción de esas que adornan la rotonda del carrusel. Perdiendo el equilibrio por un instante. Para esto el joven ya había bajado de su corcel y sujeto a la muchacha entre sus brazos por la espalda, deteniendo su caída.

- Debería de tener una porción más de cuidado – Murmuró frío.

- G-Gracias – Menciono la menor, con su suave voz - ¿Cómo agradecer su ayuda?

Se levanto entonces ella, por si misma, separándose de los brazos ajenos volteando a darle el frente. Mirando curiosa sus oscuros ojos. Notando su frialdad. Entonces el pudo apreciar los ojos de la joven, estos color miel, poseedores de un brillo lleno de ilusiones. Después de admirarla unos breves segundos, sus labios se separaron apenas, para emitir su voz.

- ¿Qué te parece dejándome invitarte un algodón de azúcar?

- ¡Pero! .Replico ella con su aguda voz enternecida. El le puso su dedo índice sobre sus labios. Callándola, notando enseguida como sus mejillas comenzaban a sonrosarse y le miraba un tanto sorprendida por su atrevimiento a los ojos.

- Me debes algo y ya te dije como pagarlo – Susurró acortando la distancia, luego picándole una de sus coloradas mejillas, para caminar hacia la salida e ir en dirección al puesto de algodones de azúcar.

Mientras la joven había quedado un par de segundos en el mismo lugar que se encontraba desde antes, luego correr en busca del joven alcanzándole y bajar la velocidad para caminar a la par, a su lado, mirándole mientras lo hacían. Regalándole ella una amplia sonrisa.

El la observaba a ojos entrecerrados y después de un rato mirándole de forma seria sonrió débil para ella, las sonrisas no eran su fuerte, pero lo hacia por la ternura que le daba de solo mirarla.

- Buenas noches- Interrumpió el silencio el encargado del puesto.

- Déme un algodón de azúcar – Pidió frió.

- ¡Rosa!...por favor -Agrego la niña con algo de modales, cosa que le pareció gracioso al joven, intentando no soltar una carcajada. Ella tomo alegre el algodón mirándolo encantada.

- Mientras el joven sacaba de su pantalón y pagaba al señor – Aquí tiene.

- Gracias, buenas noches. – Murmuro la joven regalándole también una sonrisa al señor para dar media vuelta y marcharse en dirección a una banca con el joven.

El sentándose a su lado la contemplaba, deseoso de saber todo de ella, viendo como se relamía los labios antes de pellizcar el algodón y jalar un pedacito de este a su boca, luego cerrando sus ojos y suspirando, imaginándose, el, que era por gusto al dulce. Le extendió, ella, la mano con un pisquito del mismo, ofreciéndole y el negando enseguida.

- Dime, ¿Cómo te llamas? – pregunto el frotando sus manos, una contra la otra por el frió que sentía.

- Natalie…Natalie. –Murmuro en un tono bajo de voz, para luego, repetir un poco más alto.

- Víctor…-Soltó a secas sin esperar a que preguntara puesto que es obvio que tendría que presentarse después de ella.

Entonces ella suspiro su nombre, repitiéndolo y su aliento al salir de sus labios podía verse. Se trataba de una helada noche. Comenzó a acariciar su brazo izquierdo con la mano del derecho. Luego escuchándose el abrir de un cierre, ni mas ni menos que la chamarra del friolento joven. Pero ella tenía puesto un vestido bastante ligero, incapaz de cubrirle del aire congelado que soplaba contra sus cuerpos. El le acomodo la chamarra encima. Luego optando por ponérsela bien, así cubriría mejor. Riendo al ver que le quedaba grande. Ella se dejo hacer a ojos entrecerrados notando como el quedaba solo en una playera ligera de mangas largas pero al fin y al cabo, delgada.

Observando como estaba al borde de que Víctor comenzara a temblar, sintiendo pena y desabrochándose la chamarra, el, ante esto poso sus frías manos sobre las de ella que al contrario eran calidas y pequeñas, bastante delicadas. Prohibiéndole que se la quitara y ella resignándose bajaría la mirada.

- Perdón – susurro con una voz quebrada.

- No entiendo…

- Por ser una carga, perdón – Explico Natalie apenada con la mirada aun baja entonces el con una de sus manos, la menos fría, le levanto el rostro, tomándola del mentón. Obligándole a verle a los ojos.

- No lo eres… -Susurraba por la corta distancia.

- Pero – Intentaba interrumpir.

- No lo eres, ¿Me has escuchado?...Natalie…- Luchaba por unir las palabras de modo coherente puesto que lo que estaba por decir, jamás había tenido que decirlo antes. Nunca le había ocurrido algo así – Yo no te conozco ya te echaba de menos, cada tarde, cuando el sol se pone, he de venir a este lugar solo para verte.

En los ojos de Natalie se podía ver un brillo que emergía sonrosándose sus mejillas, sonriendo, con sus labios temblando sin saber que decir. Le toma la cara con sus pequeñas manos, se vuelve valiente y le besa los labios cerrando con fuerza sus ojos y al cabo de unos eternos segundos se separo de sus labios quedando a unos centímetros de el, abriendo sus ojos para mirar los ajenos.

Aguardo el unos segundos y tomándole del rostro, ladeando su cara y en cuanto acortaba la distancia cerraba los ojos, como ella hacia también, acaricio sus labios con los propios en un tierno beso.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Pedazos del alma. El diario de Diana.


Domingo, 1ero de Mayo.

He estado platicando con mi madre, dice que no hago nada, que solo estoy en la casa, me la paso en la computadora, y si está se encuentra ocupada, o no puedo estar en ella, uso el celular que me compró de regalo. Quedamos en un mutuo acuerdo en el que yo asistiría a algunos cursos, aparte de la escuela, un poco más recreativo, como clases de música, dibujo o alguna otra cosa.

Finalmente opté por un curso de pintura.

Lunes, 2 de Mayo.

Después de un largo día en el colegio tomé un camión y fui al lugar que mamá había dicho, ahí se impartían las clases de pintura que ‘tanto’ deseaba. Era un lugar bonito, al lado de las instalaciones se encontraba un parque con varios columpios y otros juegos infantiles a parte de unas banquitas. Entré al lugar, dentro, en recepción, una secretaria dijo mi nombre y comentó que me esperaban. Sonreí a pesar de que me extrañó un poco. Me indicó que el salón donde me esperaba el instructor y los demás alumnos se encontraba hasta el fondo del pasillo con un número ‘6’ en la puerta. Me dirigí a el, y con un poco de duda, gire la perilla y empujé la puerta, que no se abrió…tenia que jalar de ella…
Ya dentro, con mis mejillas sonrojadas de un poco de pena, salude a ‘todos’ y por todos me refiero a unos gemelos, una muchacha de mi edad con una imagen de chica presumida, una niña bastante menor pero pintaba como toda una artista y un muchacho con aparentemente unos cuatro años mas que yo; aparte, del viejo hombre que era el maestro en el lugar.

Miércoles, 4 de Mayo.

Ayer enfermé y no pude ir al colegio ni menos a las clases de pintura. Pero ahora que fui, el muchacho de cuatro años mas que yo, pasó un buen rato conmigo, intercambiamos algunas palabras, sonrisas y miradas…algo tiene…aunque se que es demasiado pronto como para enamorarme, no está nada mal, la verdad es bastante guapo y la forma en la que se preocupó por mi, me enamoró un poquito mas. Nos quedamos en el parque, hasta tarde, hablamos de mil y una tontería, nos reíamos como dos tontos, tórtolos, enamorados.

Lunes, 16 de Mayo.

La pintura me encantaba, pero poco a poco comencé a darme cuenta de que yo asistía, no solo por la pintura, sino por aquel muchacho que tiene por nombre Erick.
Su forma de ser, su voz, sus ganas de estar conmigo, mi deseo de estar con él…comenzó a ser un vicio. No pasaba día que no hablara con él, comenzó a acompañarme a casa y hablarme por teléfono celular, yo lo hacia a escondidas, pero durábamos hasta lo mas tarde, las tres de la madrugada. No podía dormir pensando en él, y cuando caía dormida soñaba con él.




Viernes, 27 de Mayo.

Después de varias despedidas en las que nos decíamos un ‘te quiero’, un ‘te adoro’ comenzamos a usar un ‘te amo’ y poco a poco, fuimos creyéndolo.
Hoy día, llevé a la clase de pintura, una bolsita con esas gomitas rojas, sabor cerezas, de esas que me encantan, comencé por comérmelos a media clase, sin ofrecer a nadie, pero a la salida, cuando solo quedábamos Erick y yo, los volví a sacar, y frente a el comencé a comérmelos, me pidió uno, y fue donde me atreví a meterme uno a la boca y sin pasármelo, descaradamente lo bese, pensaba comenzar a apasionar el beso, y pasarle la gomita, pero el comenzó primero e hizo que se atascara la gomita en mi garganta, para cuando se dio cuenta, ya era muy tarde, unos segundos después me puse morada, y finalmente, sin oxigeno en mi cerebro, caí inconciente al suelo, lo vi llorar y huir del lugar, pero no lo culpo por que lo amo, finalmente morí.


Diana

lunes, 4 de abril de 2011

Él


Te odio, te amo, me lastimás, te lastimo, te quise, te quiero, te olvido. Me dejás, te dejo, me buscas, pedís perdón, te agradezco, me arrepiento, te arrepentís, me olvidás, perdonás, te vas, vuelvo, me voy, volvemos, pensás, siento, eligo pensar, te enojás, me mentís, te miento, me enojo, te perdono, no entiendo, vos tampoco. Te pido perdón, busco una solución, no la encuentro, buscás vos, tampoco la encontrás, decimos basta, pero empieza de nuevo.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Having fun at work

Untitled from Cynthia Silva on Vimeo.



Licenciado trabajando. Y obvio tambien tenia que ayudarle yo:

Untitled from Cynthia Silva on Vimeo.



Me divierto mucho con mi papá JAJAJA
Te amo papi ♥

lunes, 28 de marzo de 2011

Inferno


El ambiente era demasiado pesado apenas bien se podía respirar, mucho calor…hacia mucho calor. Las ardientes llamas inundaban el lugar, el extintor había explotado, y aunque su interior sirve para apagar el fuego de nada sirvió. Tenia tanto miedo de abrir las ventanas ya que las llamaradas crecerían al haber mas oxigeno que quemar.

El oxigeno se agotaba, la joven mujer cayó al suelo tosiendo y llorando: ‘quemada’ estaba de número uno en su lista de ‘peores muertes’ e irónicamente así fallecería. Casi perdía la conciencia cuando escucho unos pasos entaconados en el mismo apartamento en el que ella se encontraba, venían del pasillo. Había cerrado sus ojos por que se quemaban con el humo del ardiente fuego pero seguía escuchando atentamente tratando de evitar toser para oírlos bien, mientras estos se acercaban mas y mas, lentamente pero firmes aumentando la tensión que sentía. La joven entalonada por fin llego a donde se encontraba la otra moribunda mujer y acompañándole el sonido del abrir y cerrar de un encendedor de metal. Tomo a la mujer jalándole de la cabellera y la arrojo al fuego viendo como esta se derretía en el. Ella logro salir del lugar y sin alguna mínima quemadura, después de todo era una pirómana, sabia como funcionaba el fuego.

Ni una huella quedó, todo el lugar se incendio.

Aquel joven de castaña cabellera y claros ojos, pareja de la joven difunta, lloraba sin consuelo. Y de nuevo resonaron en el suelo, esos pasos entaconados. Esa otra joven mujer locamente enamorada del muchacho, disponíase a consolarlo y a ganarse su corazón finalmente.

Ella dijo algo como ‘Cariño, los muertos, muertos están, no vale la pena llorar por alguien que ya no esta en este mundo’.

Mientras luego rozaba sus suaves labios en los del joven depositando un amargo beso sabor a lágrimas saladas.

El la alejo empujándola a lo que casi cae ella al suelo, perdiendo el equilibrio.

Molesta, preguntaba gritándole el por que de sus actos a lo que él pronuncio: ‘Yo la AMABA, amor, algo que jamás sentiré por ti, ni tu lograras sentir por alguien’.

Ella prendió fuego con su encendedor a algunas de las flores, que luego incendiaron un montón de floreros en el velorio.

‘¡Yo te amo, merezco ser amada por ti!’

En el reflejo de los ojos de el podía verse el miedo ante observar tan escena: las hermosas flores prendían en llamas el vestido de la muchacha y sin saber que hacer ella solo se dejo quemas, aun no moría, pero su piel se derretía y su vestido caía en cenizas al suelo.

‘Jamás te amare por lo que haz hecho ahora estas condenada a sufrir el mismo destino que mi amada sufrió para después seguir ardiendo en las llamaradas del infierno’ Diciendo esto mientras sus ojos miraban con desprecio los de ella, quien lloraba arrepentida. El se hincó. frente a ella quien suplicaba ser amada, acorto el espacio entre ellos dos y le dio un suave y dulce beso de despedía y tenia el desconocido sabor del sentimiento al cual llaman amor, sabia como ella siempre imaginaba, cumpliría con un sonrojo en ambas mejillas y una sonrisa su eterna condena.

lunes, 14 de marzo de 2011

Muñeca de porcelana


Henry, un viejo hombre de cerca de sesenta años, una pobre alma entristecida por la pérdida de su mujer, su primer y único amor.

Henry era un viejo millonario, con una gran mansión, un gran carruaje y una gran familia ¡Vaya que lo era! Si su mujer le había dejado veintiséis hermosos hijos, catorce damitas y doce caballeros. Ellos eran la única razón por la cual el seguía con ganas de vivir.

Por ellos, el viejo Henry, se encontraba en busca de una mujer quien pudiera acompañarle hasta el restos de sus vidas ofreciéndole cariños a el y a sus hijos. Ya que a pesar de poder ofrecerles cualquier deseo material que tuviesen, lo que realmente les hacia falta era el amor de una madre.

Así, consiguió una hermosa joven veinte añera que le amaba como su propia mujer, y a los hijos de Henry como propios.

Una tarde de verano, el ángel de la muerte visito al viejo millonario, una carroza lo había arrollado.

Enormes tristezas llegaron a la mansión de Henry, a su mujer Ángela y a sus veintiséis hijos.

Pero de un momento a otro, Ángela, su mujer ahora viuda, se dio cuenta de que todas las posesiones de su ex-marido serian suyas.

Pero ¡OH sorpresa! En el testamento, cada centavo del viejo Henry estaba destinado a cada uno de sus veintiséis hijos: dejando todo para el mayor de ellos, hasta que el muriera, pasaría al mayor de los veinticinco que quedaban y así, hasta llegar a la pequeña Zara, la menor.

Hasta el final, quedaba Ángela.

Envuelta en la locura, Ángela, tomo un cuchillo de la lujosa cocina de la gran mansión, lo oculto detrás de ella, y cuando Basil se le acerco, ella dio unas cincuenta malditas apuñaladas en su cuerpo, que cansado, callo al suelo sin vida.

Fue lanzado al río, al igual que la ropa de Ángela y el arma.

Por un momento, Ángela se sintió fatal, ¿Cómo pudo haber asesinado el alma de un ángel de su amado por mera codicia?

Pero por otro lado, solo quedaban veinticinco más, cada vez más cerca de la fortuna.

Y así. La misma suerte que el pobre Basil corrieron: Andrea, quien murió ahogada en la tina; Carel, Dorian, ahorcado con una soga; Emily, quemada; Fausto, German, quién ‘accidentalmente’ cayó de las escaleras; Hilda, Ivone, Jermy, Kenia, Lina, Marjorine, encontrada en partes dentro de una valija; Nora, de un hachazo; Oliver, Peter, Quetta, Roman, Tania, Ulises, arrollado; Vicente, Wendy, Xerces, Yared y Zarita, la mas fácil.

Solo quedaba una hija del viejo, y así la fortuna de Henry seria de su amada. Se trataba de Sybil de apenas 11 años, a quien su padre llamaba ‘Muñeca de porcelana’ por lo frágil que era alérgica a los rayos UV, por lo que su piel era extremadamente blanca, sus ojos eran dos celestes luceros y su cabello era de color castaño claro, muy hermosa.

Su existencia era dudosa ya que nunca se le veía por los alrededores de la mansión, se la pasaba en su habitación, que mas bien era el ático donde ningún rayo de luz podría entrar, ya que es mortal para ella.

Cuando tenia hambre, notificaba su hambruna por teléfono o con una campana, y la comida era llevada a su habitación.

Una tarde, como a eso de las 4:00 p.m. Ángela se encontraba desesperada, sin saber como deshacerse de la pequeña muñeca, ya que no podía sacarla del ático.

Decidió llevarle la merienda a su habitación, un delicioso té en una hermosa taza de porcelana, cuyo ingrediente secreto era veneno para ratas. Llevo para ella una taza mas, para que no fuese tan misterioso y pasara desapercibida como si solo tratase de pasar un momento con su hijastra.

Al llegar al ático se dio cuenta de que había olvidado por completo las galletas con las cuales acompañaría el te, así que dejo el te sobre la mesita en la que Sybil tomaba el te con su oso de felpa. Ella estaba durmiendo una siesta en su cama.

Ángela subió al ático por segunda vez, con las galletas, al entrar por la puerta, pudo ver como la muñeca se había levantado y se encontraba esperándola en la mesita, ella sonrió y le dio los buenos días.

Se sentó junto a ella y ahí tomaron el té y conversaron por al menos una hora, Ángela se encontraba impaciente al esperar que el veneno hiciera efecto.

Fue entonces cuando su paladar sintió un extraño sabor, y ella se estremeció, espuma comenzó a salir de su boca, y ella callo de la sillita al suelo, y junto con ella la taza de té que se quebró al instante. Podíase ver el cuerpo de Ángela retorciéndose clavándose los vidrios de la taza de porcelana en su cuerpo, hasta que dejo de moverse mirando al techo con su mirada perdida.

Sybil, se puso de pie tomando su taza de té, y la miro, mientras Ángela, quien de sus ojos brotaban enormes lágrimas que rodaban por sus mejillas, moría lenta y dolorosamente.

viernes, 11 de marzo de 2011

Desperté


Desperté, bueno, más bien me despertaron. Fue el ruido de las llaves que chocaban con las barras de la prisión mientras la forzaban para abrir la puerta. Apenas abrí los ojos pude ver a mi madre con su maquillaje corrido de tanto llorar, intentaba despertarme de la mejor forma posible acariciando mi brazo, la vi limpiándose las lagrimas que rodaban por sus mejillas, me senté en la sucia e incomoda cama de la cárcel y con una sonrisa le ayude a limpiarse el rostro sabia que estaba por ocurrir dentro de solo unos momentos, pero aun así, no mostraba miedo, creo que mama no es muy fuerte como pensé.

Los policías entraron para sacarnos a la fuerza por los brazos, nos pusieron unas esposas y nos llevaron a la siguiente celda, donde estaba mi papa.

Lo sacaron peor que a nosotras, lo golpeaban mientras lo hacían, lo mismo que a nosotras, lo esposaron y ya los tres reunidos nos llevaron a una sala donde tendremos la ultima conversación con los policías, después de eso, nos dejaran ‘libres’.

Llegamos a esa sala, era blanca en su totalidad, había una ventana que era obscura, pero alguien nos veía, se podía sentir su mirada.

Los policías seguían golpeando a mi papa y se burlaban de el, un hilo de sangre salía de su boca, sentí pena por el; pero pronto, todo eso acabara.

- ¿Enserio quieres correr la suerte de tus padres en ves de estar libre? No hay cargos sobre ti, niña, piénsalo.

Dijo uno de los señores que no golpeaba a papa, parecía ser uno de los mas serios.

- Vamos, cariño, podrías ir con tu tía, nosotros luego iremos por ti.

Comento mama y de sus ojos comenzaron a brotar gruesas lágrimas. Yo sabía que no lo harían. Y después de todo jamás volverían por mi, yo quería ir con ellos, no los dejaría morir –y literalmente morir- si yo también tengo culpa sobre mis hombros.

- Estoy segura de que quiero ir con ellos.

Conteste bastante segura y la verdad si que tenia culpa del delito por la cual mis padres estaban aquí, si yo repartí parte de la droga que mi papa vendía, y yo sabia que estaba mal, pero en algo tenia que ayudar en casa; a mis amigas, en la primaria, les gustaba; y a sus papas también, no decían nada, si solo no hubiese contestado esa llamada no nos hubieran encontrado las autoridades.

- Solo es una niña, tiene justo 11 años, enserio la dejaremos ‘ir’.

- Si es lo que ella desea…

Discutían entre si un par de policías. Mi papa, nada decía, estaba moribundo.

Después de que los policías lo pensaron bien, nos llevaron en una camioneta lejos de la cárcel, teníamos unos costales sobre nuestras cabezas, para que no viéramos a donde nos dirigíamos, pero bien sabíamos nuestro destino.

Nos bajaron, a mama y a mi, con algo de cuidado. A mi papa, aun seguían maltratándolo.

Nos quitaron los costales, nos arrojaron agua helada para ponernos vivos y quitaron las esposas. Entonces se escucha el rugir de una pistola que lanza su bala al aire, ahí sabemos que es hora de correr, corrimos lo mas rápido posible, mama no lo hacia tan rápido, pero mientras yo la jalara del brazo aumentaba su velocidad; me dio un empujón para impulsarme y al voltear atrás, vi que de su cráneo salía una fuente color rojo carmesí, cayo al suelo, y yo perdí velocidad. Papa me alcanzo y cargo en sus brazos, corrió lo mas rápido que pudo, pero no fue suficiente, las balas llegaron a el y caí junto con mi papa al suelo, yo seguía viva y el moribundo, quedaba poco tiempo, mas balas llegaban y llegaban, unas de las balas atravesaron el cuero de mi piel y sangre era lo único que veían mis ojos.

Vi a mi papa, con una mirada de amor que fue correspondida con una igual, y papa susurro a mi oído un ‘te amo’, a lo que sonreí, y mi cabeza cayo cansada, lo único que vi fue el cielo, era celeste y nubes blancas como ovejas saltaban en todo el, las contaba, esperando la hora de dormir.

Y un ruido me despertó, el ruido de las llaves que chocaban con las barras de la prisión mientras la forzaban para abrir la puerta. Apenas abrí los ojos pude ver a mi madre con su maquillaje corrido de tanto llorar…justo empezaba el día.