lunes, 14 de marzo de 2011

Muñeca de porcelana


Henry, un viejo hombre de cerca de sesenta años, una pobre alma entristecida por la pérdida de su mujer, su primer y único amor.

Henry era un viejo millonario, con una gran mansión, un gran carruaje y una gran familia ¡Vaya que lo era! Si su mujer le había dejado veintiséis hermosos hijos, catorce damitas y doce caballeros. Ellos eran la única razón por la cual el seguía con ganas de vivir.

Por ellos, el viejo Henry, se encontraba en busca de una mujer quien pudiera acompañarle hasta el restos de sus vidas ofreciéndole cariños a el y a sus hijos. Ya que a pesar de poder ofrecerles cualquier deseo material que tuviesen, lo que realmente les hacia falta era el amor de una madre.

Así, consiguió una hermosa joven veinte añera que le amaba como su propia mujer, y a los hijos de Henry como propios.

Una tarde de verano, el ángel de la muerte visito al viejo millonario, una carroza lo había arrollado.

Enormes tristezas llegaron a la mansión de Henry, a su mujer Ángela y a sus veintiséis hijos.

Pero de un momento a otro, Ángela, su mujer ahora viuda, se dio cuenta de que todas las posesiones de su ex-marido serian suyas.

Pero ¡OH sorpresa! En el testamento, cada centavo del viejo Henry estaba destinado a cada uno de sus veintiséis hijos: dejando todo para el mayor de ellos, hasta que el muriera, pasaría al mayor de los veinticinco que quedaban y así, hasta llegar a la pequeña Zara, la menor.

Hasta el final, quedaba Ángela.

Envuelta en la locura, Ángela, tomo un cuchillo de la lujosa cocina de la gran mansión, lo oculto detrás de ella, y cuando Basil se le acerco, ella dio unas cincuenta malditas apuñaladas en su cuerpo, que cansado, callo al suelo sin vida.

Fue lanzado al río, al igual que la ropa de Ángela y el arma.

Por un momento, Ángela se sintió fatal, ¿Cómo pudo haber asesinado el alma de un ángel de su amado por mera codicia?

Pero por otro lado, solo quedaban veinticinco más, cada vez más cerca de la fortuna.

Y así. La misma suerte que el pobre Basil corrieron: Andrea, quien murió ahogada en la tina; Carel, Dorian, ahorcado con una soga; Emily, quemada; Fausto, German, quién ‘accidentalmente’ cayó de las escaleras; Hilda, Ivone, Jermy, Kenia, Lina, Marjorine, encontrada en partes dentro de una valija; Nora, de un hachazo; Oliver, Peter, Quetta, Roman, Tania, Ulises, arrollado; Vicente, Wendy, Xerces, Yared y Zarita, la mas fácil.

Solo quedaba una hija del viejo, y así la fortuna de Henry seria de su amada. Se trataba de Sybil de apenas 11 años, a quien su padre llamaba ‘Muñeca de porcelana’ por lo frágil que era alérgica a los rayos UV, por lo que su piel era extremadamente blanca, sus ojos eran dos celestes luceros y su cabello era de color castaño claro, muy hermosa.

Su existencia era dudosa ya que nunca se le veía por los alrededores de la mansión, se la pasaba en su habitación, que mas bien era el ático donde ningún rayo de luz podría entrar, ya que es mortal para ella.

Cuando tenia hambre, notificaba su hambruna por teléfono o con una campana, y la comida era llevada a su habitación.

Una tarde, como a eso de las 4:00 p.m. Ángela se encontraba desesperada, sin saber como deshacerse de la pequeña muñeca, ya que no podía sacarla del ático.

Decidió llevarle la merienda a su habitación, un delicioso té en una hermosa taza de porcelana, cuyo ingrediente secreto era veneno para ratas. Llevo para ella una taza mas, para que no fuese tan misterioso y pasara desapercibida como si solo tratase de pasar un momento con su hijastra.

Al llegar al ático se dio cuenta de que había olvidado por completo las galletas con las cuales acompañaría el te, así que dejo el te sobre la mesita en la que Sybil tomaba el te con su oso de felpa. Ella estaba durmiendo una siesta en su cama.

Ángela subió al ático por segunda vez, con las galletas, al entrar por la puerta, pudo ver como la muñeca se había levantado y se encontraba esperándola en la mesita, ella sonrió y le dio los buenos días.

Se sentó junto a ella y ahí tomaron el té y conversaron por al menos una hora, Ángela se encontraba impaciente al esperar que el veneno hiciera efecto.

Fue entonces cuando su paladar sintió un extraño sabor, y ella se estremeció, espuma comenzó a salir de su boca, y ella callo de la sillita al suelo, y junto con ella la taza de té que se quebró al instante. Podíase ver el cuerpo de Ángela retorciéndose clavándose los vidrios de la taza de porcelana en su cuerpo, hasta que dejo de moverse mirando al techo con su mirada perdida.

Sybil, se puso de pie tomando su taza de té, y la miro, mientras Ángela, quien de sus ojos brotaban enormes lágrimas que rodaban por sus mejillas, moría lenta y dolorosamente.

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